El Primer Poesimista Hondureño
La luz proceso de
Nacen las voces en una especie de trance,
y es así como se entiende
el por qué los cerros tienen la textura del pan,
porque además te lo vas repitiendo:
“el cerro está en rodajas como el pan”,
y luego, cualquier fragmento de luz
reclama su nombre y origen,
por eso es que gritás chispas y decís:
“qué buena es la luz que no existía”
“qué buenas las carreteras de mi país”
“qué buenas las familias que tapan agujeros en ellas...”
y es entonces que te sentís tan humano,
pensás en lo afortunada que es la esposa bien recibida en casa,
pensás en los gatos tramando una conjura
y en las lotificaciones que se abren temprano en la noche
para los miles de obreros que por fin quieren soñar...
Es entonces que te volvés insoportable,
desnudás a medio mundo con tu poesía de rayos x,
vas murmurando galimatías en el colectivo
y pensás: “qué buena era la luz cuando no existía”
qué buenas las familias con su unidad en la miseria,
las esposas que no tienen ningún libro con quien competir,
¡Pero ay, qué buena es la humanidad
con sus ojos de caracol atisbando la lejanía!
El regreso a la vaca perdida
Un hombre puede quedar vacío
si se toma demasiado en serio,
idea tras idea,
limpio el cráneo para un cenicero.
Hay cruces atiborrando las bodegas
y pelucas de juez que se miden
con mucho cuidado,
Al igual, un hombre puede reunirse
y vaciar de un trago sus recuerdos,
ni más ni menos, ebrio en las estaciones
contemplar los buses y a su gente en las ventanillas
enmarcados como tristes cuadros de la asfixia.
Tengo presente el llanto en los mataderos
y el largo cruce de mirada entre la vaca y el niño.
El resoplar de la sangre
como una lona zarandeada por el viento,
el mugido interrogante y los ojos
acuchillándole todo el laberinto de las vísceras.
Ayer creía verme despierto
envuelto en el aura de las palomas
y deteniendo en mi soplido la caída de las estatuas.
Quizá de allí la vaca y su relación con lo perdido,
eso que buscamos en los archivos del tedio
y entre el polvo que los lavabos trasiegan.
Una estatua me decía que su amor
eran las ondulaciones del humo
y el poder del cigarrillo besando a cualquiera.
Habían corazones en la historia, claro,
con seguridad una lengua lasciva
burbujeando en las palabras.
Pero yo estaba en el asunto de los buses
y sus museos ambulantes,
fascinado bajo el farol que me rodeaba
como una polilla.
Ni siquiera hablaba en griego esa noche
y por lo tanto, Helena, nada tenía que ver con mi guerra.
Era yo y mis zumbares, nada más,
la miel empalagosa de la memoria,
el sentido absurdo de regresar a una vaca
que te miraba y te preguntaba
sin decir absolutamente nada.
Volviendo al asunto
En todo caso,
el niño es un pasillo con luz en el fondo,
algo que se va cerrando o abriendo paso
en la conciencia de la vaca.
La sangre es una alfombra roja
por donde pasan los recuerdos invitados.
Afuera lloran los que esperan entrar,
entre ellos, la lluvia, ese invento de los tristes.
Porque era fácil hablar de piedad
cuando el trueno sacudía los nervios
y el azote de nuestra madre
se convertía en abrazo y respuesta,
porque uno preguntaba, sí,
siempre haciendo el papel del infeliz más necio,
buscándole piedras rosettas al tapizado con revistas
y explicando cualquier mancha en la hoja de tarea,
porque de lo contrario, la maestra se enojaba,
la maestra vida y el conjunto vacío,
ese silencio ante las notas en rojo del animal
que mugía y hacía correr a los débiles de carácter
y al niño, no le quedaba otra que estudiar,
repasar, olvidar, borrar,
olvidar con la rapidez de un carnicero
que pasa presto a la siguiente víctima,
como la maestra, eligiendo respuesta
o borrando del pizarrón
el trazo de una vaca dibujada por alguien
a quien no le interesaban los timbrazos del recreo
ni las clases de inglés de la gringa Johnson,
sólo las palomillas que salían del rastro en invierno
como llevándose algo que tan sólo él y sólo él
podrían ya reconocer.
La nieve es una vitamina
Cuando sueño con nieve
ninguna hoja en blanco sobrevive.
Al despertar, copos de papel llenan con su ventisca
las horas del trabajo, entre sorbos de Leteo
e imaginación barata
hago trizas curriculos, noticias,
cualquier fragilidad impresa de dudosas propiedades.
De aquí supongo
que el lápiz es la estación del hielo,
un patín que rasga veloz a la llana palabra.
Claro está, que nunca he visto la nieve.
el granizo ha sido como un abrazo que se detiene,
una sonrisa a la cual, de improviso, se le caen los dientes.
pero he aprendido a vivir sin ella,
y qué lastima, porque con nieve
hubiera aprendido a amar las runas y a Kant,
al positivismo y al revisionismo, en fin,
tendría bonanza y frialdad, una abuela en las colonias,
vacaciones en Mallorca, pedantería de sobra
y en mis sueños, no habrían Blancanieves
ni esta mezcla de asombro y suspenso
que acompaña siempre
a todo soñador del trópico.
Cuento del avión que nunca regresó
I
Para entonces
los aviones os habrán cortado las manos.
El cielo caerá como un pañuelo
y las rutas, serán borradas por los motores.
Eso lo pienso ahora
que veo estremecerse los fuselajes,
cuando se agazapan las montañas
y los pájaros se vuelven invisibles.
Tegucigalpa, es el risco más lejano,
en ella anidan serpientes aladas
y San Jorge se ha inventado las suyas.
Los aviones son miopes
los aviones tiemblan al mirarnos de frente.
¿Y a qué vendrán a esta ciudad
que siempre está diciendo adios?
Cuando cruza un avión,
Tegucigalpa entera se detiene para decirle adios.
Las familias corren al final de la pista
en un afán de accidente y fantasías de cisnes.
Los aviones van de paso
huyendo de nuestro adios.
II
Todo avión es el último
y a él, Saigón, me encomiendo.
Ruego por él en las terrazas,
disputo un espacio para que me mire,
pero el tiempo vuela lejano
y otras pistas mejor plantadas lo retienen.
¡Ah hermoso zumbar de los motores!
Te sueño rompiendo los cristales y engullendo a tu paso
la oración migrante de los miedosos.
¡Hidráulico tren de aterrizaje!
Te imagino sobre pistas de hielo
girando en silencio hacia las salas de espera
pero no llegas, no.
El cielo no se abre resplandeciente
y ningún altavoz anuncia tu gloria.
De vez en cuando
pasa un pájaro y creo alcanzar su sombra,
recorro media ciudad tras él
hasta el momento en que baja
a picotearme el rostro.
Todo avión es el último
y a su ausencia, miserable,
en medio del humo de miles de cigarrillos,
le sacrifico boletos, angustias y equipajes.
Plegaria vacuna
Cuelgo divertido de mi globo ocular.
Y claro, que el viento es un niño resuelto
que me lleva a la altura
donde toda catedral es una vaca muerta
con la ubre de las cúpulas
tensas y agrietadas.
El cielo tiene un filo que espanta
y sin embargo, ninguna campana delata
el temblor supino de nuestra heroica vaca..
“Cada animal es gregario –me decía el arriero-
y el rumiar, es su constante rezo.
¿Pero adónde puede ir una vaca
que siempre ha cargado en sus manchas
todas las nubes del cielo?”
Ya nada importa,
el olvido entra por el cuello.
Mañana rezaré
antes de lamer tu manso cuerpo.
